Caucasus News

El Norte del Cáucaso: una guerra perdida, otra que comienza

Andréi Piontkovsky, Open Democracy ::: Los jóvenes caucasianos, sin empleo y con poca educación, creen que el Islam podría ser su salvación. En Rusia, una nueva generación no ve nada claro su futuro. El choque entre ambas parece inevitable.

Andrei Piontkovsky, 16 Marzo de 2011.

La región del Norte del Cáucaso está que arde. Sus jóvenes – pobremente educados y desempleados – creen que el islam radical podría ser la solución a sus problemas. En la Madre Rusia, mientras tanto, una nueva generación de chicos marginados se resienten de su suerte. Los dos grupos podrían estar pronto en recorrido de colisión, advierte Andréi Piontkovsky

Andréi Piontkovsky es un eminente académico ruso y un analista político especializado en políticas locales, extranjera y seguridad.

Los acontecimientos en el Norte del Cáucaso han estado avanzando cada vez más hacia un mero conflicto regional, y se están convirtiendo en el problema existencial central de la Federación Rusa. Todos los errores, fallos y crímenes de los gobiernos post-comunistas en los campos de seguridad, economía, políticas nacionales y sistema federal se han venido a entrelazar en el nudo caucasiano.
La situación de seguridad en el Cáucaso Norte se está deteriorando. Según las autoridades rusas, el número de ataques terroristas en la zona se ha doblado en un año.

¿Cuál fue la razón para que lucháramos en las dos guerras chechenas? La integridad territorial rusa, supuestamente. Sin embargo, la integridad territorial no debería equivaler a emplear una táctica de tierra quemada en la que se eliminara a su gente. Fuimos a la guerra para demostrar a los chechenos que son ciudadanos rusos. Pero lo hicimos destrozando sus ciudades haciendo uso de nuestro poder aéreo y de misiles grad, y raptando a civiles pacíficos cuyos cuerpos eran encontrados más tarde con signos de tortura.

Hemos demostrado sistemáticamente a los chechenos exactamente lo opuesto a lo que proclamábamos, demostrando con nuestro comportamiento que ellos no son ciudadanos rusos, que hace mucho que dejamos de considerarlos ciudadanos rusos, y a sus ciudades y pueblos, ciudades y pueblos rusos. Y de manera concluyente hemos demostrado esto no solo a los chechenos, sino a todos los nativos del Cáucaso.

Esto es lo que hace a esta guerra esencial y fundamentalmente absurda.
Hemos perdido la guerra contra los separatistas chechenos. Uno de los cabecillas rebeldes más brutales, Ramzan Kadírov, ha salido vencedor. Disfruta de un grado de independencia del Kremlin que los oficiales soviéticos Dudayev y Masjádov jamás habrían soñado.

Enfrentado a la elección entre lo muy malo y lo atroz, que en sí mismo fue el resultado de sus políticas en Chechenia, Putin – para darle crédito- ha optado por lo muy malo. Habiendo admitido la derrota, le ha pasado todo el poder de Chechenia a Kadírov y su ejército, y desde entonces ha estado pagando indemnización de guerra. En respuesta, Kadírov ha declarado formalmente no tanto su lealtad hacia el Kremlin, como su unión personal con Putin. La opción atroz podría haber sido una continuación de la guerra hasta el punto de la destrucción, a la manera de Shamanov o Budanov.

Sin embargo, la guerra contra los separatistas chechenos en el Norte del Cáucaso ha sido sustituida por otra guerra, la guerra contra el fundamentalismo islámico.
El terrorismo islamista desde entonces se ha extendido por todo el Norte del Cáucaso y ya no necesita depender más de sus mentores de Oriente Medio. Hay una nueva generación de seguidores nativos en el Cáucaso con su estructura autóctona de jamaats. Igual que durante la guerra chechena, nuestra política estatal oficial ha dado como resultado un incremento en el número de islamistas. Esto se ejemplifica con el comportamiento del comandante en jefe (Dmitri Medvédev) que siguió a los recientes ataques terroristas, que se limita a sus cada vez más brutales llamadas a la “total destrucción” y al castigo de todos, incluso aquellos “que hacen la colada a los terroristas y les preparan la sopa”.

Muchos consideran que la feroz segunda guerra chechena (que empezó en 1999) está directamente relacionada con las elecciones presidenciales del año 2000.

Dmitri Medvéved y sus amigos son bien conscientes de la moral de las fuerzas federales rusas que se enviaron al Cáucaso por el doble del salario. Por tanto, se debe haber dado cuenta de que la única cosa que este tipo de llamadas puede lograr es un incremento del número de asesinatos extrajudiciales de civiles sin ningún vínculo con los insurgentes, o en represalia contra las familias de los sospechosos. Una situación que, de uno en uno, engrosará las listas de potenciales terroristas suicidas y dará lugar a nuevos ataques terroristas en suelo ruso.

La única explicación para el uso de tal irresponsable retórica por parte de un abogado y un oficial estatal, es el deseo de mostrar una imagen “impasible”. Y uno debe asumir que esto se está haciendo así con la esperanza de salvaguardar el apoyo de los siloviki, a los que se les ha dado carta blanca, para saldar cuentas en un futuro.

Como en Chechenia, continuamos engañándonos a nosotros mismos al hacer desembolsos para las corruptas “élites” de las repúblicas, que simplemente roban el efectivo y de ese modo fuerzan a la desafortunada población a seguir el camino de la revolución islamista.
El redactor jefe de Eco de Moscú, Alexei Venediktov, un hombre tremendamente bien informado con contactos en las altas esferas, proporciona la siguiente inestimable visión:
“Algunas veces, cuando hablo con gente que están en posiciones muy altas, gente que toma decisiones importantes, les digo: escucha, esos presidentes caucasianos han empezado a comportarse como khans, me dicen: es el precio que pagamos por la ausencia de una guerra. ¿La ausencia de una guerra? Por supuesto, los tanques hace tiempo que no deambulan por el país y los misiles grad no se disparan. Pero, ¿ausencia de guerra? ¿Qué otra cosa, sino una guerra, está sucediendo allí? Estoy totalmente en desacuerdo con ellos en este punto. Y esto es lo que te digo a ti y también a la gente que conozco. Es un error fundamental. Somos un país en guerra”.
La psicología de la “gente en posiciones muy altas, gente que toma decisiones importantes” con la que Venediktov habla a veces es muy interesante. Sí, hay paz en sus bien seguras mansiones en los alrededores de Moscú y en la costa del Mar Negro, en Gelendzhik. Y el precio de esta paz es una guerra contra las casuchas de la gente normal y el medio de transporte que utilizan.

Paradójicamente, al tiempo que los últimos acontecimientos han mostrado que los islamistas han estado perdiendo terreno en Oriente Medio, su influencia en el Cáucaso Norte solo ha crecido.

El señor Putin, a parte de jactarse como un macho – bastante fuera de lugar, dada la situación actual- que no negociará con nadie (de todos modos, los islamistas no están intentando negociar con nadie), ha enfatizado en que no había conexiones entre Chechenia y la explosión en el aeropuerto de Domodédovo. Probablemente tiene toda la razón. Los centros más activos del islamismo radical están ahora concentrados en otras repúblicas. E incluyen gente de varias nacionalidades, incluyendo eslavos.

Pero de nuevo, incluso en los informes oficiales, no había tampoco conexión entre Chechenia y los ataques en los bloques de viviendas en 1999, ni que hablar de los “entrenamientos” de Rayzan. Fue en venganza de esos ataques que los tanques y los aviones, del mismo modo que los misiles grad, fueron lanzados sobre Chechenia. Un acercamiento menos agresivo del señor Putin a Chechenia habría sido inestimable en aquella época.

La actual actitud, más considerada, de Putin en el asunto de la reputación chechena, nos dice un montón. Hace bien en no fiarse de la enardecida cólera de Kadírov, teniendo en cuenta que hoy en día Putin depende más de Kadírov que Kadírov de Putin. Sin la demostrativa lealtad personal de Kadírov, el mito de Putin podría explotar en un segundo.

El Kremlin ha estado haciendo la guerra en el Cáucaso durante 12 años sin darse cuenta de la escala de la tragedia que había desatado, del hecho de que el país se está deslizando en una guerra civil intra-nacional y que la responsabilidad total descansará en la política del gobierno que ha alimentado a ambas partes durante mucho tiempo.

Al lanzar y luego perder la guerra en el Cáucaso, el Kremlin ahora paga una indemnización por una demostración de sumisión ciega, no solo a Kadírov, sino también a las élites criminales en todas las otras repúblicas. Esto paga la compra de mansiones y las pistolas doradas que les cuelgan de las nalgas, mientras la indigente, déclassé y desempleada juventud de habitantes de las montañas se están uniendo a los soldados de Alá o están siendo desplazados hacia las calles de las ciudades rusas.

A lo largo de las últimas dos décadas, una generación entera de niños ha crecido en las calles rusas, privados para siempre de todo por la reformas de la privatización. Los que están a cargo de la televisión y de la política les han dejado claro a quién hay que culpar por su miseria y quién está decidido a desmembrarlos: son los “señores con salacots” y las “facciones criminales de nacionalidades no-autóctonas”.
Bandas de adolescentes procedentes de los barrios de clase obrera privados de su futuro y que no tienen acceso real a los “señores con salacots” o a los habitantes celestiales de Rublyovka (un barrio de lujo de Moscú), dan rienda suelta a su reprimida furia golpeando hasta la muerte a “personas de color de piel no-autóctono”.

Ahora dos ejércitos de forajidos, igualmente culpables e igualmente inocentes, ambos víctimas y verdugos, a los que han engañado y robado básicamente la misma gente, se han vuelto en contra los unos de los otros.

Hay un creciente abismo mental entre la juventud rusa y sus homólogos caucasianos, que han crecido bajos las condiciones de una brutal guerra, inicialmente contra Chechenia, pero que más tarde se extendió a la región entera.
Jóvenes moscovitas marchan a lo largo de la ciudad gritando, en inglés “Fuck Caucasus! Fuck!” (sic), mientras que el comportamiento de los jóvenes de las montañas en las calles de las ciudades rusas es claramente provocativo y agresivo. Su psicología es la de la victoria. Según su visión, Moscú ha perdido la guerra en el Cáucaso.

Mental y emocionalmente, el Cáucaso y Rusia están ya separadas. Ni el Kremlin ni las elites en el Norte del Cáucaso están preparadas para una separación formal. El Kremlin continúa alimentando ilusiones fantasmales de su imperio, con sus intereses de gran alcance en zonas que van más allá de las fronteras de Rusia, mientras que los pequeños zares locales, empezando con Kadírov, no quieren dejar escapar el presupuesto que viene de Rusia. Los islamistas tampoco tienen mucho interés por la separación. Su sueño es el de un Califato que pudiera incluir bastante más de la Federación Rusa que solo el Norte del Cáucaso.

El presidente Medvédev recientemente convocó una gran reunión en Vladikavkaz. Allí, repitió sus acusaciones de que enemigos anónimos (a saber, Occidente) están intentando destruir Rusia, y animó a sus siloviki, fundamentalmente pinchándoles para que lleven a cabo asesinatos extrajudiciales y pidiendo que el Cáucaso Norte se convierta en… una zona de turismo internacional Alpino.
Al día siguiente de su partida, los insurgentes volaron teleféricos en la estación de ski de Nalchik.
Este artículo fue publicado originalmente en la revista online independiente www.opendemocracy.net.
This article was originally published in the independent online magazine www.opendemocracy.net

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